Mortis Causa

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El 2 de noviembre de 2007 la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) y la Secretaría de Seguridad Pública presentaron un libro ambientado en la celebración de día de muertos:

Mortis Causa

El libro está basado en una serie de cuentos ilustrados. Las ilustraciones fueron realizadas en esta víspera. Al igual que la mayoría de los cuentos.

portada

La Máscara de la Muerte

Tita era la menor de las brujas que vivían en el fondo de mi casa. No había barda ni bordes claros en el terreno. Apenas un viejo alambre de púas que se arrastraba por el suelo.

Las brujas eran muy curiosas. Todo el tiempo se asomaban entre la maleza, porque además de árboles de naranja y mandarinas todo el fondo estaba cargado de maleza. Atrás de ese bosquecito estaba la casita de barro de las brujas.
La más vieja se llamaba Zunilda, y estaba ciega.

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Cuando ya fui creciendo me daban curiosidad estas señoras así que, a la hora de la siesta, aprovechaba para ir a espiarlas.

Zunilda comía naranjas y mandarinas de los árboles de mi casa sin pedir permiso. Sorbía las frutas como si fuese un vampiro. Yo la miraba fascinado y horrorizado a la vez. Entonces ella volteaba sus ojos ciegos hacia mi, y me decía… ¿Facundo…? ¿Estás Ahí?
Yo me quedaba quieto… sin respirar. Ella insistía ¿Estás ahí… cielo?. En ese momento toda la naturaleza contenía la respiración. ¡¿Estás ahí… Diablito?!

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Entonces poco a poco, como si una ola de viento rompiese desde el fondo, todos los árboles empezaban a agitarse sin explicación. Y yo salía corriendo, dejando atrás las risotadas que Zunida, la bruja ciega, daba con ganas.
En ese tiempo mi madre se quejaba de que las brujas se metían a husmear entre sus ropas colgadas. O que por las noches echaban aceites.
Sin embargo ese tiempo pasó y un día Tita, la menor de las brujas, vino a cuidar de mí a nuestra casa mientras mi madre salía a trabajar.

En realidad no me cuidaba, se ponía a ver la televisión, o bien a escuchar cumbia a todo volumen. Y era yo el que tenía que ir tras ella a molestarla para que me prestara atención.
Y tanto la molestaba yo, que se acostumbró a traerme todos los días algún juego, o algo nuevo. Hicimos un pulpo de lana relleno de papel de baño, y con mucho más de ocho tentáculos. Hicimos un velero, que en realidad resultó ser un candelero mal nombrado. Cuando caía la tarde me enseñaba boxeo, y me golpeaba fuerte, pero jugando.

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Los días pasaron, pasó el invierno, y un día Tita me dijo que me iba a enseñar la máscara de la muerte.

Lo dijo de tal modo que me dió miedo. Y después se rió como los hacía su tía Zunilda que, por cierto, había muerto en la víspera.
Zunilda había muerto de una diabetes galopante, era adicta al dulce de leche y a la ginebra. Los médicos nunca entendieron cómo fue que duró tanto.

Tita seguía viniendo a casa y yo ya no la molestaba porque, en realidad, no me interesaba para nada conocer la máscara de la muerte. Tita me veía y se reía. Iba y venía como siempre, con su vida.

Un mediodía mientras comíamos acercó su boca a mi oído y me dijo en voz alta

-¡Hoy es el día!

Yo me quedé masticando como si no me interesase. Y ella dijo:

-¡Hoy te voy a enseñar la máscara de la Muerte!

Y volvió a reírse así. Y yo me quedé mudo y luego pensé en inventarle algo a mi Mamá para que ya Tita nunca mas volviese a la casa. Desaparecer un calzón o romper el televisor.

-Algún día te vas a encontrar con la muerte, me dijo.

-y es mejor que te encuentres con la muerte que con el diablo, agregó, porque si te encuentras con el diablo te pasarás toda la vida borracho.

final
No se porqué esa declaración me tranquilizó.

Fue como si el miedo y la curiosidad que yo tenía se fundiesen en un único sentimiento nuevo. ¿Qué podía ser ese sentimiento? Un nueva especie de confianza en mi jóven vida. ¿Qué podría ser?

Dejamos caer la tarde, mi Mamá se demoró como nunca en volver a casa.

Tita se olvidó ese día de la tele y de la radio. Cuando quedaba la última luz, que apenas se distinguían las formas, me llevó al bosquecito. Nos sentamos en la semioscuridad, frente a frente.

Tita se señaló la cara y dijo

–¿Ves esta cara…?, yo asentí.

–Ésta cara es la máscara de la muerte, aunque ahora estoy viva esta cara va a desaparecer, cuando me muera…

Yo me quedé viéndola fíjamente y en ese instante la máscara se deshizo. Fue como si viese atravez de su cara. Y sobre su rostro circularon otros mil rostros. Indios y Vikingos, sus ancestros y tal vez los míos, vi a Zunilda riéndose de mi, y también vi monos… una larga retrospectiva al mono que somos….

Al final solo hubo estrellas. Luces que se fueron extinguiendo en una especie de dolor que me daba en el pecho esta extraña forma de sentir… ¿felicidad?

Entonces volví a ver la máscara de Tita como todas la Titas y los Titos: por primera vez.

Y me di cuenta que ella también me estaba viendo.

Y noté que, tal vez, este sentimiento que descubría allí tenía que ver con la muerte, si, pero también con la Fe.

el-trecev

2 Comments

  1. Como andas amigo! por adonde rumbeas?
    saludos.

    1. Un abrazo desde México, hermano. Creo que pronto voy a visitarte. ¿Cómo sigue tu vida?

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